Era 1 de junio cuando, mediante una moción de censura, Pedro Sánchez se convirtió en el séptimo presidente de la reciente etapa democrática. Lo logró, en gran parte, gracias a los partidos independentistas catalanes PDeCAT y ERC, hecho que supuso críticas feroces por parte de los partidos y los medios de derechas en un ejercicio de rabia por perder el poder. Sí, hace nueve meses aquellos independentistas sí velaron por los supuestos intereses de su pueblo apoyando a los socialistas.
Cataluña, que venía de una aplicación del 155 por parte del PP, parecía ver por fin la luz. No la de la autodeterminación, pero sí la del diálogo. Las soluciones políticas se presentaban, los brotes verdes empezaban a aparecer. Quim Torra tenía una situación privilegiada para lograr concesiones, tales como un nuevo Estatut o un crecimiento de la inversión en Cataluña.
Sin embargo, tras el episodio surrealista protagonizado por los dos partidos independentistas que pudo suponer la pérdida de la mayoría en el Parlament, y paralelamente al episodio surrealista de la figura del relator, las relaciones con el Gobierno se fueron encrudeciendo hasta llegar al "me enfado y no respiro”: referéndum o nada. Es decir, si Sánchez no permitía un referéndum legal, los partidos independentistas no ofrecían su apoyo a los Presupuestos de 2019, como si la autodeterminación que buscan fuese cuestión de ahora o nunca.
Unos Presupuestos que, presumiblemente, iban a favorecer en gran medida a Cataluña, no solo en la teoría sino también a efectos prácticos. Por lo menos, más de lo que le favoreció el gobierno de Rajoy durante sus seis años y medio de mandato. Pero entre muchos líderes independentistas de ahora ya se sabe que prevalece el cuanto peor, mejor. "¿Que los Presupuestos nos favorecen? Pues, en caso de que se aprueben, podríamos perder simpatizantes", han debido reflexionar Tardà y compañía.
Pero, como he dicho, sigue imperando el cuanto peor mejor. Cuando por fin se está celebrando el juicio a los presos independentistas, empiezan a desaparecer las rocas a las que puedan agarrarse, con la cascada, cada vez más cerca, amenazando con hacer añicos el auge independentista de los últimos años. Tras la legislatura de Puigdemont y durante la de Torra, con más simbolismo que política, empiezan a hacerles falta manifestaciones para evitar esta posible disminución soberanista. O represión policial. O 155. Se busca un enemigo: una máquina de crear independentistas como Rajoy. Y este enemigo bien podría ser Santiago Abascal a partir próximo 28 de abril. O Pablo Casado, o Albert Rivera. O los tres.
El pez se puede haber mordido la cola. ¿Por qué PDeCAT y ERC apoyaron la moción de censura y ahora no hacen lo mismo con los Presupuestos? ¿Eran tan ingenuos como para creer que respaldando la moción de censura obtendrían un referéndum legal en tan solo unos meses? ¿No se supone que los políticos deben velar por los intereses de la sociedad a la cual representan? ¿Es más importante apostarlo todo a un referéndum que evitar un posible gobierno con la ultraderecha, o que conseguir concesiones para tu gente? Los extremos nunca fueron buenos.
Un nuevo paso en falso de unos partidos que, a pesar de seguir sin establecer una hoja de ruta clara y realista, seguramente seguirán siendo igual de votados. Una cosa es el movimiento independentista, y la otra, la actuación de unos partidos que lo representan y que han malgastado una situación en la que se encontraban en los picos más altos de negociación de los últimos años y que pueden haber puesto el primer ladrillo de un escenario esperpéntico.
Cataluña, que venía de una aplicación del 155 por parte del PP, parecía ver por fin la luz. No la de la autodeterminación, pero sí la del diálogo. Las soluciones políticas se presentaban, los brotes verdes empezaban a aparecer. Quim Torra tenía una situación privilegiada para lograr concesiones, tales como un nuevo Estatut o un crecimiento de la inversión en Cataluña.
Sin embargo, tras el episodio surrealista protagonizado por los dos partidos independentistas que pudo suponer la pérdida de la mayoría en el Parlament, y paralelamente al episodio surrealista de la figura del relator, las relaciones con el Gobierno se fueron encrudeciendo hasta llegar al "me enfado y no respiro”: referéndum o nada. Es decir, si Sánchez no permitía un referéndum legal, los partidos independentistas no ofrecían su apoyo a los Presupuestos de 2019, como si la autodeterminación que buscan fuese cuestión de ahora o nunca.
Unos Presupuestos que, presumiblemente, iban a favorecer en gran medida a Cataluña, no solo en la teoría sino también a efectos prácticos. Por lo menos, más de lo que le favoreció el gobierno de Rajoy durante sus seis años y medio de mandato. Pero entre muchos líderes independentistas de ahora ya se sabe que prevalece el cuanto peor, mejor. "¿Que los Presupuestos nos favorecen? Pues, en caso de que se aprueben, podríamos perder simpatizantes", han debido reflexionar Tardà y compañía.
![]() |
| Quim Torra y Joan Tardà (El Español) |
Tras la moción de censura mencionada, se dieron unas Elecciones Andaluzas que bien
podrían ser una demo de las próximas generales. Parece que PDECat y ERC no
aprendieron la lección de lo que es capaz de proponer la ultraderecha y, por ende, de lo
que es capaz de escoger el 11% de votantes de unas elecciones. Los gobiernos formados
por coaliciones acostumbran a ser mejores que los de mayorías absolutas, aunque
imagínense un gobierno basado en las tres gamas más conservadoras, cuyo única
propuesta a la Cataluña actual sería la del 155.
Pero, como he dicho, sigue imperando el cuanto peor mejor. Cuando por fin se está celebrando el juicio a los presos independentistas, empiezan a desaparecer las rocas a las que puedan agarrarse, con la cascada, cada vez más cerca, amenazando con hacer añicos el auge independentista de los últimos años. Tras la legislatura de Puigdemont y durante la de Torra, con más simbolismo que política, empiezan a hacerles falta manifestaciones para evitar esta posible disminución soberanista. O represión policial. O 155. Se busca un enemigo: una máquina de crear independentistas como Rajoy. Y este enemigo bien podría ser Santiago Abascal a partir próximo 28 de abril. O Pablo Casado, o Albert Rivera. O los tres.
El pez se puede haber mordido la cola. ¿Por qué PDeCAT y ERC apoyaron la moción de censura y ahora no hacen lo mismo con los Presupuestos? ¿Eran tan ingenuos como para creer que respaldando la moción de censura obtendrían un referéndum legal en tan solo unos meses? ¿No se supone que los políticos deben velar por los intereses de la sociedad a la cual representan? ¿Es más importante apostarlo todo a un referéndum que evitar un posible gobierno con la ultraderecha, o que conseguir concesiones para tu gente? Los extremos nunca fueron buenos.
Un nuevo paso en falso de unos partidos que, a pesar de seguir sin establecer una hoja de ruta clara y realista, seguramente seguirán siendo igual de votados. Una cosa es el movimiento independentista, y la otra, la actuación de unos partidos que lo representan y que han malgastado una situación en la que se encontraban en los picos más altos de negociación de los últimos años y que pueden haber puesto el primer ladrillo de un escenario esperpéntico.

Excelente como siempre!!
ResponderEliminar