Cuando el antiguo PP rechazaba la Constitución

Cuando el antiguo PP rechazaba la Constitución
Pese a que el actual Partido Popular de Pablo Casado se encomienda a la Carta Magna en gran parte de los conflictos surgidos, en los primeros pasos del partido entonces liderado por Manuel Fraga no fue así

Las dudas de Alianza Popular con la Constitución de 1978 - José ...
Acto electoral de Alianza Popular presidido por Manuel Fraga (Nueva Tribuna)

Gabriel Izcovich Bronstein
Seguramente, una de las palabras más utilizadas por el Partido Popular en los últimos años es constitución. El partido se ha encomendado al texto constitucional en múltiples ocasiones recientemente, y especialmente en el apartado de las negociaciones -o no negociaciones- con el gobierno de Cataluña. Siempre ha acudido a ella para tener la última palabra. Aquella palabra autoritaria. Y es que la Constitución es aquel documento que engloba derechos y obligaciones a su gusto, como la de la prohibición de celebrar referéndums de autodeterminación. ¿Pero ha mantenido siempre esa tendencia el partido presidido por Pablo Casado?

Para saberlo, en primer lugar hace falta entender el origen del Partido Popular. Hace falta, por lo tanto, conocer los primeros pasos de su partido predecesor: Alianza Popular. Hace falta entender el papel de este en la transición. Y hace falta recordar la ideología y los cargos de sus fundadores durante la etapa más negra de la historia española: el franquismo.

Concretamente, Alianza Popular fue fundada por siete ministros o altos cargos del franquismo. Destaca Manuel Fraga, quien sería el primer presidente de AP pero que también fue ministro de Información y Turismo de España entre 1962 y 1969, entre otros cargos. Y estuvo acompañado por los también sublevados Cruz Martínez Esteruelas, ministro de Educación y Ciencia durante los dos últimos años de vida del caudillo; Federico Silva Muñoz, ministro de Obras Públicas entre 1965 y 1970; Licinio de la Fuente, ministro de Trabajo de 1969 a 1975; Laureano López Rodó, ministro de Planificación y Desarrollo entre 1967 y 1973; Enrique Thomas, gobernador civil de Toledo entre 1965 y 1969; y Gonzalo Fernández de la Mora, ministro de Obras Públicas entre 1970 y 1974.

El régimen franquista fue algo exageradamente parecido a la aventura que emprenden distintos hombres y mujeres en King Kong. Y es que si en la mítica película un grupo de gente decide emprender una peligrosa aventura a la isla de Kong, en la etapa política iniciada en 1939 encontramos una sociedad abocada también al sufrimiento.

Un sufrimiento excesivo e innecesario. Un sufrimiento que en ambos casos se consumó con fallecimientos. Y un sufrimiento que atrajo y tentó a sus líderes. Mientras que en King Kong Carl Denham lleva a su gente a aquella isla siendo consciente de que el viaje carecía de seguridad, en el franquismo su propio artífice se encomendó a un totalitarismo falto de democracia.

Y si en King Kong aparece un salvador, el franquismo no pudo ser menos. Cuando peor lo pasan los miembros de la travesía en busca de la perdida Ann Darrow, aparece un gran mesías. El capitán Englehorn se encarga de rescatar a los supervivientes de los peligrosos insectos de la isla. Pues bien, tras la muerte de Francisco Franco todo parecía inidicar que España viviría una secuela del franquismo... hasta que el llamado a dirigir esa nueva entrega, el Rey Juan Carlos I, decidió hacer lo contrario.

Juan Carlos I se llevó a los supervivientes del franquismo de vuelta al barco. No quiso saber nada de islas, simios gigantes, tribus temibles y paisajes nublados. No quiso saber nada de extremismos. No quiso exponer a nadie ante ningún peligro. Simplemente quiso que su población viviera en paz. No en los Estados Unidos originarios de los personajes de la película en cuestión, sino en una España renovada.

Sin embargo, no podía faltar el personaje rebelde. En la mayoría de películas de acción está ese villano que alarga el largometraje. Cuando todo parece volver a la normalidad y por lo tanto acabar con un final feliz, siempre aparece alguien que quiere complicar nuevamente la trama. Y ese alguien fueron los fundadores del antiguo Partido Popular.

Estos quisieron permanecer en la isla del franquismo. Unos más que otros, sí. Pero en definitiva, todos se resistían a embarcarse en los mares de la transición. Ellos habían sido los guías de la tripulación. Ellos habían socorrido a Francisco Franco en la larga navegación y la posterior investigación de la ínsula. Ellos habían sido franquistas. Y cuando el nuevo capitán de la tripulación, Juan Carlos I, decidió poner fin a la nefasta travesía, ellos intentaron evitarlo. O, como mínimo, entorpecerlo.

La transición, el rey Juan Carlos I y Alianza Popular

La primera piedra de ese final que lideró el borbón fue el hecho de pedir al entonces presidente del gobierno español, Carlos Arias Navarro, que dimitiera. Dicha dimisión se dio el 1 de junio de 1976, tras dejar entrever el rey en distintas entrevistas su repudio al mismo y tras evidenciar que su gobierno iba a la deriva.

Y la segunda piedra de su voluntad por poner punto final al franquismo fue su apoyo a la Ley para la Reforma Política, que pretendía abolir las leyes franquistas. Una ley, por lo tanto, precursora a la Constitución. Se aprobó el 18 de noviembre de 1976. Y tan solo un mes antes, se había fundado la Alianza Popular (AP). No es casualidad, por lo tanto, que la fundación de un partido con raíces franquistas prácticamente coincidiera con la propuesta una ley antifranquista y con un periodo que tiraba por la borda al franquismo.

Noticia en portada de La Vanguardia Española (10 de octubre de 1976), en referencia a la fundación de AP

Es una evidencia afirmar que la AP nació del vientre franquista. De la necesidad de preservar su ideología. Y si la transición española de la dictadura a la democracia no fue cuestión de días, la transición de la AP de un punto al otro aun menos. En los primeros pasos del partido no había ni siquiera la intención de evolucionar al ritmo del país. Al contrario. La intención de AP de permanecer en la isla del franquismo era obvia.

Desde el minuto uno. Desde que el motor de la Alianza Popular echó a rodar. Porque en el primer Congreso del partido, su flamante presidente, el mismo Fraga, recalcó que "Alianza Popular ha sido reconocida como lo que es: como una fuerza política que se niega a aceptar la voladura de la obra gigantesca de los últimos 40 años; que no se avergüenza de un período histórico en el cual el país ha dado un salto colosal hacia adelante".

Substituyendo el término voladura por el de transición, ya se entiende que el partido renegaba de esta. El partido quería mantener la esencia franquista en el país fuera como fuera. Pero la vía totalitaria ya era un imposible, pues al cabo de pocos meses se iban a celebrar las primeras elecciones generales de la democracia contemporánea española. Además, el rey ya había establecido un nuevo gobierno relativamente sólido, presidido por un joven Adolfo Suárez... en detrimento del mismo Fraga.

Del inmovilismo popular a las negociaciones

Un Fraga que reculó su efervescente discurso cuando Suárez accedió a negociar con su partido algunos puntos de la Ley para la Reforma Política. Unos puntos especialmente relacionados con el apartado electoral, que previsiblemente favorecían a AP. Además, el contexto de entonces exigía una adaptación. Todos los actores y estructuras del Estado habían despegado hacia esa transición. Desde el rey hasta el ejército, pasando por la Iglesia. Entonces, no tenía sentido que AP no hiciera también ese cambio de chip.

Noiticia de La Vanguardia Española (22 de octubre de 1976) referente a una rueda de prensa de AP

Por lo tanto, los aliancistas tomaron la disruptiva decisión de apoyar dicha ley. Una ley que, tras pasar el examen del referéndum nacional, fue aprobada. Y aquello significaba que la Constitución estaba al caer. Pero antes era el turno de las primeras elecciones en 40 años. En los comicios de 1977, AP optó por mantener un discurso similar al del régimen finalizado un año y medio antes, pero incorporando estrategias como la de involucrar a las mujeres. Rehusaban ocultar su origen, pero mostraban una relativa apertura a la nueva época. finalmente, el partido liderado por Fraga logró tan solo el 8,21% de votos, y por lo tanto 16 escaños y una decepcionante cuarta posición.

Reacción de Manuel Fraga a los resultados electorales de 1977 (La Vanguardia)
El ratificado gobierno de Suárez emprendió la nueva legislatura con un gran proyecto entre ceja y ceja: culminar la Ley para la Reforma Política con la elaboración de la Constitución. Y aquel proceso empezó el 1 de agosto del mismo año, con la creación de una Comisión Constitucional formada por distintos diputados. Y entre ellos, Manuel Fraga.

Sí, aquel político que en el primer Congreso de AP se mostró tan reacio a cualquier atisbo de progreso, fue el mismo que formó parte del grupo encargado de redactar la Constitución. Este era un Fraga renovado, adaptado a los nuevos tiempos. Sin embargo, Fraga seguía disconforme con algunos puntos que clamaba el documento.

Cuando el antiguo PP quiso modificar la Constitución

Sin duda, el que levantó más ampollas en el partido de Fraga fue el reconocimiento de distintas naciones dentro de España. Y es que en el Congreso de los diputados, el político gallego rechazó aquel terminó, al contemplar una sola nación -la española-. Fraga, además, temía que la propuesta de autonomías que proponía la Constitución se confundiera con las de los movimientos independentistas.

Las negociaciones seguían avanzando el hemiciclo, hasta que por fin llegó el día de la aprobación del texto constitucional. El 21 de julio de 1978, los diputados debían votar a favor de este, en contra o bien abstenerse. Y el éxito fue rotundo: de los 274 diputados presentes en ese momento, 258 votaron a favor, 14 se abstuvieron y solamente dos lo hicieron en contra.

Pero entre esas dudas y negativas estaban absolutamente todas las decisiones de AP. Porque el diputado popular Federico Silva Muñoz votó en contra, y todos sus demás compañeros se abstuvieron. Fraga justificó su decisión recordando que aun quedaba la votación de la misma Constitución junto al Senado, y que esperaba que se mejorara el texto en la Cámara Alta.

Esa votación se celebraría el 31 de octubre del mismo 1978. En el tiempo transcurrido, AP siguió con la misma filosofía: no se oponía a la Constitución dadas las circunstancias, pero rechazaba aspectos como el de las nacionalidades. Se resistían a apoyar la Constitución tal y como estaba concebida... y tal y como finalmente se acabaría redactando.

En una Junta Nacional que celebró el partido en la víspera de la definitiva votación parlamentaria, sus miembros seguían mostrándose preocupados ante la introducción del término de las nacionalidades en el texto constitucional. Consideraban que era un grave peligro para la unidad del país. E incluso solicitaron que el referéndum que se iba a convocar para que la ciudadanía española ratificara o no la Constitución ofreciera una pregunta aparte sobre aquel término de las nacionalidades. Pero fue en vano.

Día D

En una nueva Junta Nacional del partido, se votó para decidir la postura de AP frente a la definitiva votación. Para consensuar una estrategia. Y por pocos votos, el resultado fue positivo -48 a favor y 44 en contra-. Sin embargo, el 31 de octubre los diputados y senadores de AP hicieron caso omiso a aquel resultado. Porque se repitió el precedente de julio.

Si bien el cómputo global de la votación se saldó con éxito -325 votos a favor de 345 votos en total-, miembros de AP votaban nuevamente con un signo opuesto. Concretamente, cinco alianzistas votaron en contra. Uno de ellos fue el diputado y fundador del partido Gonzalo Fernández de la Mora, quien insistió en su desacuerdo con el reconocimiento de España como un país plurinacional.

Noticia de La Vanguardia Española sobre el voto negativo de miembros de AP (1 de noviembre de 1978)

Primera crisis popular

Dentro del partido se produjo una gran crispación, fruto del poco consenso a la hora de votar y de la desobediencia de aquellos cinco miembros del partido a lo que se había acordado en la Junta Nacional. Una crispación que provocaría una consecuencia irremediable: uno de los siete partidos que componía Alianza Popular, Acción Democrática Española, abandonaría la federación. Liderado por Federico Silva, uno de los escépticos de la Constitución, se marchaban para integrar un nuevo proyecto político: Derecha Democrática Española.

Líderes políticos votando en el Referéndum de la Constitución (1978), entre ellos Manuel Fraga

Finalmente, acabó por aprobarse la Constitución Española. La población española se decantó por una diferencia abismal por el . El proyecto culminó de manera positiva. Sin embargo, fruto de todas sus divergencias, Alianza Popular sufrió una crisis que le llevó a empeorar los resultados electorales de 1977 en los comicios de 1979. El partido estaba a la deriva. Carecía de identidad, pues en poco tiempo pasó de apoyar un régimen autoritario a hacer lo mismo con un elemento democrático.

Noticia de La Vanguardia Española referente a la crisis posterior a la votación del Congreso y del Senado del Referéndum de la Constitución (3 de noviembre de 1978)
Con el paso del tiempo, AP se refundaría. Cambiaría de nombre a Partido Popular, modificaría sus bases y en definitiva, se renovaría. Manuel Fraga daría su relevo a José María Aznar. Este sería sucedido por Mariano Rajoy. Y Rajoy daría paso al hoy presidente Pablo Casado. Un gran defensor de la Constitución. Sin embargo, no siempre fue así. El líder del partido principal de derecha español no siempre defendió la Constitución. Cuando Pablo Casado utiliza el concepto enemigos de la Constitución para referirse a los independentistas, olvida incluir en ese saco a los padres de su partido.

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