La piedra que colmó el vaso

Para un aficionado al fútbol como yo, los acontecimientos que se dieron en Buenos Aires en el contexto de la vuelta de la final de la Copa Libertadores son auténticamente decepcionantes. Pero no estoy descubriendo América: tanto tú, como todas las personas que tenían el River-Boca entre ceja y ceja, sentisteis lo mismo. Llámalo decepción, llámalo vergüenza, llámalo rabia, llámalo tristeza. Tristeza por ver cómo unas piedras colmaron el vaso.


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Un vaso que lleva llenándose de piedras muchísimos años. No sé cuándo empezó. Por lo menos, desde que tengo uso de la razón, siempre me han llegado noticias como la prohibición de la entrada de hinchada visitante a los estadios argentinos, la violencia reiterada e incluso asesinatos entre ultras.

Ultras que no hacen más que ensuciar el fútbol. Pero que se desarrollan a partir de un fracaso de la sociedad. En este caso, la argentina. Porque no vamos a obviar lo que yo considero como el preludio del problema. Argentina es un país increíble. Por la comida, por la Patagonia, por las cataratas del Iguazú, por su cine, por su música, por la buena onda, por las bromas, por la histórica capacidad de su población de, a pesar de sufrir, salir adelante. Tantas crisis, guerras, pobreza... y siguen ahí, con una sonrisa.

Es un país increíble... para lo bueno y para lo malo. Hay argentinos que son como aquella pareja que te cuida y al cabo de media hora te abofetea. Bipolaridad en estado puro. No todos son iguales, pero hay una selecta raza que representa este concepto. Nótese que hablo de raza y no de personas, ¿porque cómo vamos a considerar como personas a esos individuos que lanzaban botellas y piedras en las inmediaciones del Monumental?

Pero el problema no viene simplemente de unos cientos de individuos locos de la cabeza. Estarás de acuerdo en que algo falla cuando la mismísima Ministra de Seguridad argentina resta importancia a la seguridad del encuentro previsiblemente más caliente de la historia bonaerense. “Si tenemos G20, ¿cómo no vamos a tener un Boca-River?”, declaraba Patricia Bullrich, añadiendo que “sí se podría jugar la final con aficionados visitantes”. Ver para creer. Si el desastre ya empieza por los de arriba, ¿qué esperaremos de unos cafres irracionales? Como decía, el fracaso de una sociedad. El de la pasión a raudales. O el de la educación. Demasiados problemas. ¿Qué habrá aprendido el niño que recibía bengalas por parte de su madre, debajo de la ropa, para poder entrarlas al estadio?

Estaría bien que Bullrich visionase la imagen del lanzamiento de objetos al autocar de Boca Juniors durante varias horas, que reflexione y que dé explicaciones. O que directamente dimita. You had one job, Bullrich. ¿Qué medidas de seguridad se adoptaron, más allá de que la policía lanzase un gas lacrimógeno que jodió a los jugadores xeneizes? Yo no soy ningún experto de seguridad, y no me gusta hablar a posteriori, ¿pero no se podían cerrar las calles que iban desde el hotel de concentración de Boca hasta el campo durante una hora? Mejor prevenir que curar, dicen. Y ya que estamos, ¿por qué hicieron ingresar a los asistentes al Monumental el día siguiente, si no era segura la disputa del partido (obviamente no se acabó llevando a cabo).

También me interesa ver la historia desde el punto de vista de otros personajes. Estos son los propios jugadores de Boca Juniors. He visto un vídeo que, en el mismo bus, pasan de estar saltando y cantando cosas para entrar en ambiente, a pedir médicos y sufrir los efectos de los gases lacrimógenos en, literalmente, dos segundos. ¿De verdad seguían con ese buen humor teniendo los cristales de las ventanas rotos?
Esos ultras se cargaron la fiesta del fútbol. Una final que, como dijo alguien hace unas semanas, daría paso a 20 años de lamento por parte del perdedor. Pero es que algo falla cuando este alguien es el mismísimo Mauricio Macri, presidente de Argentina. Alguien conocedor de los problemas que han existido siempre en su país cuando fútbol y ultras se encuentran. Un presidente incitando a la burla del ganador al perdedor. Gasolina para avivar el fuego.

Lo mejor llega cuando se decide jugar la final en Madrid. En España tenemos muchísimos problemas sociales, políticos, económicos... pero no estamos tan mal como otros. Se trata de un país que tiene pasión por el fútbol y educación a partes iguales. Ninguno más que el otro. Es decir, ni como Argentina, ni como Japón. Ningún extremo. Los argentinos se quedaron sin final, como cuando en la clase cuatro chavales la liaban y toda la clase se quedaba sin patio. Pero, mientras sigan ocurriendo estas cosas aisladas y mientras se siga contando con esas carencias que empiezan por los de arriba, Argentina, más allá de perder este partidazo, seguirá avivando su dosis de vergüenza.
Queridos locos de la cabeza que tirasteis piedras al bus, queridos políticos argentinos. Este domingo yo y mi padre seremos unos de los privilegiados que asistirán al Santiago Bernabéu para presenciar un partido histórico. No hay mal que por bien no venga: así como el 24 de noviembre no daba crédito ante la decadencia personificada, ahora me siento genial. Y es que, en un principio, sentía pena porque se disputase el partido en un horario tan adaptado para Europa (era a la hora de la siesta sudamericana). Pero ahora, es lo que hay. Me siento bastante egoísta. Un egoísmo dulce, por el resultado que me ha acabado derivando, pero con una parte de lástima. Lástima por ver cómo un país tan maravilloso parece hundirse. Lástima por ver la piedra que colmó el vaso 

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