No hace falta perder a los padres para que uno se quede huérfano. Porque yo estoy experimentando lo más parecido a esta condición desde hace un año. Perder un abuelo es duro. Perder al zeide, es quedarse huérfano.
Y más cuando sucede de forma inesperada. Era joven, con una gran salud y con la actitud por los aires. Ahora, es él quien está en el aire. Porque ese 15 de febrero empecé a creer en el cielo. En cada parpadeo de una lámpara, en cada brisa de viento, en cada estrella titilante... está él, con sus gafas y concentración características, observando cómo lo hacemos cada día para decidir si se ese día se va a dormir orgulloso de nosotros o no. Está él, reflexionando.
-Wish you were here -le digo a modo de Pink Floyd.
-Don't let me down -me responde emulando a The Beatles.
Y es que era más que un cardiólogo. Nunca se olvidaba de reflexionar. Acababa de trabajar, volvía a su casa, y se ponía a analizar desde el otro lado del charco todo lo que le transmitiéramos. Benditos teléfonos, que nos hacían conectar con él a pesar de los 10.000 kilómetros que nos separaban.
No convivíamos juntos cada día, pero lo sentía a diario. Ser su nieto te daba una tranquilidad muy particular. Y ahora, lo siento de otra manera distinta, y por ello me considero huérfano. Ya no está. Pero su legado, sí. No conozco a ninguna persona que no lo quisiera. Que conste que no soporto a quienes intentan caer bien a todo el mundo, pero es que a él le saía sin querer. Pacientes, amigos, familiares... todos nos quedamos huérfanos.
A través del teléfono me advirtió del potencial de la Selección Holandesa de fútbol en los primeros días del Mundial 2010. Todos hablaban de Brasil, España o Argentina. Pero él, como de costumbre, daba la vuelta al sujeto. Y, a través del teléfono, me hacía las crónicas de los partidos del Barça que ningún medio de comunicación haría nunca.
La distancia también se remediaba a base de viajes. Aquí o allá, siempre era especial. Bueno, tal vez un poco más allá, según me comunica el Gabriel de siete años, atónito ante el armario lleno de alfajores, rhodesias y titas que preparaba él, con la bobe, antes de que llegásemos. Y los carteles de bienvenida en la puerta. También era toda una experiencia ir a ver los partidos de su Atlanta. O jugar juntos al Preguntados. O al Sapo.
Muchísimas cosas para la memoria. Nuestro futbolín 2.0 con lápices, nuestro juego de nombrar equipos de fútbol o su comedia a la hora de imitar el acento catalán. Y qué decir de su ingenio a la hora de comentar fotos o estados en Facebook. Es una persona única. O era. Qué más da. Y no es que este año se me haya pasado rápido. Es que lo tengo tan presente, que es como si no hubiera pasado un día sin él. Pero nos quedamos huérfanos.
Con su vino, el zeide logró lo que todas las marcas de vino nunca consiguieron ni conseguirán. Estaba buenísimo, y disfrutaba mucho bebiéndolo. También disfrutaba en los rezos durante la festividad de Pesaj, cuando desde la cabecera de la mesa nos explicaba cosas que desconocíamos. Lo hacía como ningún profesor lo haría. Le daba la vuelta. Como al Mundial de 2010, o como a los partidos del Barça.
También le dio la vuelta a las primeras noticias que escribí durante mis prácticas en Agencia Efe. Al principio, los temas no eran demasiado interesantes. Pero él no se fue sin antes ver algunos de ellas, felicitarme y recordarme que había escrito una "información sosegada y completa". El zeide era capaz de subirle la autoestima a cualquiera. Le daba la vuelta a todo. Y ahora somos unos huérfanos.
Pero sigo sin asimilarlo. Por más tiempo que haya pasado. Por más tiempo que vaya a pasar. Y es que en mi vida he llegado a pasar más tiempo sin verlo del tiempo que llevo ahora mismo -poco menos de dos años-. La única diferencia que hay es la falta de comunicación. No hablamos. Y ya está. Entonces, una parte de mí se niega a aceptarlo. Todavía no he cerrado el círculo. Hay una esperanza vigente en mí.
Una esperanza al estilo El show de Truman. Como cuando aparece en la calle el padre de Truman, de forma totalmente inesperada. Precisamente El show de Truman, mi película favorita, fue la última que vimos juntos. Pero ahora, y desde ese 15 de febrero, me siento más solo que nunca. Hasta que miro arriba. Esa estrella, esa lámpara, esa brisa de viento.
No sé si lo que he pasado es un proceso de duelo, o más bien de asimilación. De intentar asimilar algo tan fuerte y cruel. De intentar asimilar que la vida no es perfecta. No es esa utopía que construimos mientras vemos Disney Channel y jugamos en el parque. La vida es un aeropuerto en ruinas. En cualquier momento te puede caer una pared encima. No sabes qué animal te encontrarás. Ni a dónde viajan los aviones. No sabes nada. Y cada vez da más miedo.
El zeide me acompañó en 20 años de mi vida. Suficientes como para verme hacer muchísimas cosas. Y ahora le toca seguir descansando, y seguir viendo desde algún lugar muchas otras cosas.
Algo que aprendí ese 15 de febrero fue a relativizar absolutamente cualquier problema. No hay mal que se maximice en cuanto pienso en ese día. No hay problema que me preocupe cuando recuerdo el trayecto de la universidad a casa. La rutina se abrió en dos como el Mar Rojo. Salí de casa dándolo todo por hecho y volví a casa roto. Carpe diem, que diría Robin Williams. Ese 15 de febrero aprendí.
El zeide es, seguramente, mi mayor inspiración. Quiero ser tan buena persona como él. Tan necesario como él. Tan inteligente como él. Tan empático como él. Tan cariñoso como él. Quiso a Coco como si lo conociera desde hace dos años... cuando en verdad lo acabábamos de adoptar.
Ayudó a mis padres en todo lo necesario. Siempre daba limosna. Era capaz de sufrir si a cambio lograba que su entorno estuviera bien. Respetaba a todo el mundo. Un progresista ejemplar. Una persona a la cual te pasarías horas escuchándolo. Miles de historias almacenadas dentro de un cerebro privilegiado.
Zeide, muchos de nosotros nos quedamos huérfanos. Pero siempre te recordaremos y te querremos. Cuando estás en alguna estrella, lámpara o brisa de viento, nosotros te notamos, te sentimos y te echamos de menos.









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