Aprovecharé el segundo aniversario de la adopción de mi perro para explicar por qué la frase cada vez me gustan más los perros y menos las personas me representa tanto. Por qué la pensé y por qué estoy tan de acuerdo con ella. Coco es un schnauzer mini que adoptamos el 8 de abril de 2018, cuando tenía seis meses. Y me cambió la vida.
El rato que pasamos juntos hoy por la mañana da sentido a la primera parte de mi frase. Antes de sacarlo a pasear y, por lo tanto, de aprovechar el privilegio que tengo en este confinamiento -por eso de poder salir a la calle-, tuvimos un momento precioso. Uno más.
Los mimos que le hacía yo y sus agradecimientos en forma de lametazos me alegraron la mañana. Le acariciaba el pecho y paraba adrede para que me pidiera más, dándome golpes con su patita. Y esto es una rutina que, a diferencia de las demás, nunca me aburre. Al contrario, me encanta. Una rutina que también contiene sus recibimientos cuando llego a casa, en un estado efervescente y eufórico.
Algo también mutuo, pues son muchos los días en los que salgo de casa ansiando el momento de regresar para ver como salta encima mío, me lame y mueve la cola, tras haber abierto la puerta de casa. De hecho, cuando está afinado incluso oye mis pasos en la escalera y me espera ansioso en la misma entrada.
Por lo tanto, la relación con mi perro -al que, como muchos otros amos de perros hacen con los suyos, trato como un bebé- cuenta con esa rutina, pero también con situaciones nuevas. Cada día aprendo algo sobre él, y él seguramente sobre mí también. La relación entre Coco y yo es una continua intromisión en el mundo del otro. Desde el momento en que yo me agacho para acariciarle y él se levanta, a dos patas y apoyándose en mí, para verme más de cerca; hasta cuando caminamos juntos por la montaña e intentamos entender, a base de miradas, qué camino quiere seguir el otro; pasando por cuando se sube a una silla de casa, mientras cenamos, para ser uno más.
La relación entre Coco y yo es un continuo ejercicio de empatía. A veces quizás excesiva, pues en algunas ocasiones, si detecto suciedad en su plato de agua, se la retiro e incluso lo lavo... a pesar de que después, en el parque, se acabe comiendo cualquier cosa que se encuentre. Pero siempre es una empatía bella.
Entre Coco y yo hay sentimientos, como si fuéramos hijo y padre. Hay juegos, como si fuéramos amigos. Y hay admiración e interés, al pertenecer cada uno a distintas razas animales. Entonces, como ven, la relación entre Coco y yo representa algo muy importante para mí. Y si paralelamente a esto cada vez soporto menos a la humanidad, el resultado de la ecuación es que cada vez me gustan más los perros y menos las personas.
El mejor ejemplo para escenificar este creciente amor por los perros y rechazo por las personas es el que encuentro a menudo en el parque en el que paseo con Coco. Básicamente, cada vez hay más tándems perro-amo en los que el más inteligente es el ser que camina a cuatro patas. Muchas, muchísimas veces, me he topado a perros que querían jugar con el mío, pero cuyos amos lo evitaban cogiendo al suyo en brazos. Como si en lugar de ser animales con ganas de morderse amistosamente entre ellos, fueran objetos impolutos de la realeza. Y bueno, no me voy a entretener en calificar este tipo de personas, háganlo ustedes.
Cada vez me gustan más los perros y menos las personas. Y cada vez amo más a Coco. Entre otras cosas, lo evidencian los pasteles que le he preparado en sus dos cumpleaños; lo mucho que pienso en él o, al fin y al cabo, el tiempo que le dedico. Aquel 8 de abril me cambió la vida. Y es que tener un perro es una de las cosas más maravillosas que le puede ocurrir a uno. Y tener a Coco supone una felicidad inmensa.
Cada vez me gustan menos las personas y más los perros. Mi amor ascendiente por los peludos está unido al rechazo que me provocan distintos sectores de la sociedad. Y qué mejor momento para afirmar esto que el actual, en el que encontramos a diario tanta estupidez o maldad. No me gusta generalizar: obviamente hay perros malos y personas buenas. Pero estas cada vez ocupan menos espacio.
Si quieren cambiar para bien, tengan un perro. Si quieren ser más felices, tengan un perro. Si quieren tener otra visión del mundo, tengan un perro. Si se quieren acercar más a la naturaleza y huir un poco de nuestra tóxica civilización, tengan un perro. Pero cuídenlo. Daré por hecho que quien está leyendo esto condena cualquier tipo de maltrato animal. Pero también piensen en darle todo lo que a ustedes les gustaría recibir si estuvieran en su pellejo.
Si quieres tener las experiencias mencionadas y otras muchas, ten un perro. Hazlo. Pero hazlo bien. Asegúrate que lo harás con toda garantía. Si no puedes o no quieres tener perro, al menos ámalos. Y si tienes perro pero no puedes hacerlo feliz, haz como la mujer que nos dio a Coco en adopción. Su honesto gesto me cambió la vida. Tener un perro me cambió la vida. Amar a Coco me cambió la vida. Y si tú también amas a un perro -o más-, la tuya también lo hará. ¡Más perros y menos gilipollas!


El rato que pasamos juntos hoy por la mañana da sentido a la primera parte de mi frase. Antes de sacarlo a pasear y, por lo tanto, de aprovechar el privilegio que tengo en este confinamiento -por eso de poder salir a la calle-, tuvimos un momento precioso. Uno más.
Los mimos que le hacía yo y sus agradecimientos en forma de lametazos me alegraron la mañana. Le acariciaba el pecho y paraba adrede para que me pidiera más, dándome golpes con su patita. Y esto es una rutina que, a diferencia de las demás, nunca me aburre. Al contrario, me encanta. Una rutina que también contiene sus recibimientos cuando llego a casa, en un estado efervescente y eufórico.
Algo también mutuo, pues son muchos los días en los que salgo de casa ansiando el momento de regresar para ver como salta encima mío, me lame y mueve la cola, tras haber abierto la puerta de casa. De hecho, cuando está afinado incluso oye mis pasos en la escalera y me espera ansioso en la misma entrada.
Por lo tanto, la relación con mi perro -al que, como muchos otros amos de perros hacen con los suyos, trato como un bebé- cuenta con esa rutina, pero también con situaciones nuevas. Cada día aprendo algo sobre él, y él seguramente sobre mí también. La relación entre Coco y yo es una continua intromisión en el mundo del otro. Desde el momento en que yo me agacho para acariciarle y él se levanta, a dos patas y apoyándose en mí, para verme más de cerca; hasta cuando caminamos juntos por la montaña e intentamos entender, a base de miradas, qué camino quiere seguir el otro; pasando por cuando se sube a una silla de casa, mientras cenamos, para ser uno más.
La relación entre Coco y yo es un continuo ejercicio de empatía. A veces quizás excesiva, pues en algunas ocasiones, si detecto suciedad en su plato de agua, se la retiro e incluso lo lavo... a pesar de que después, en el parque, se acabe comiendo cualquier cosa que se encuentre. Pero siempre es una empatía bella.
Entre Coco y yo hay sentimientos, como si fuéramos hijo y padre. Hay juegos, como si fuéramos amigos. Y hay admiración e interés, al pertenecer cada uno a distintas razas animales. Entonces, como ven, la relación entre Coco y yo representa algo muy importante para mí. Y si paralelamente a esto cada vez soporto menos a la humanidad, el resultado de la ecuación es que cada vez me gustan más los perros y menos las personas.
El mejor ejemplo para escenificar este creciente amor por los perros y rechazo por las personas es el que encuentro a menudo en el parque en el que paseo con Coco. Básicamente, cada vez hay más tándems perro-amo en los que el más inteligente es el ser que camina a cuatro patas. Muchas, muchísimas veces, me he topado a perros que querían jugar con el mío, pero cuyos amos lo evitaban cogiendo al suyo en brazos. Como si en lugar de ser animales con ganas de morderse amistosamente entre ellos, fueran objetos impolutos de la realeza. Y bueno, no me voy a entretener en calificar este tipo de personas, háganlo ustedes.
Cada vez me gustan más los perros y menos las personas. Y cada vez amo más a Coco. Entre otras cosas, lo evidencian los pasteles que le he preparado en sus dos cumpleaños; lo mucho que pienso en él o, al fin y al cabo, el tiempo que le dedico. Aquel 8 de abril me cambió la vida. Y es que tener un perro es una de las cosas más maravillosas que le puede ocurrir a uno. Y tener a Coco supone una felicidad inmensa.
Cada vez me gustan menos las personas y más los perros. Mi amor ascendiente por los peludos está unido al rechazo que me provocan distintos sectores de la sociedad. Y qué mejor momento para afirmar esto que el actual, en el que encontramos a diario tanta estupidez o maldad. No me gusta generalizar: obviamente hay perros malos y personas buenas. Pero estas cada vez ocupan menos espacio.
Si quieren cambiar para bien, tengan un perro. Si quieren ser más felices, tengan un perro. Si quieren tener otra visión del mundo, tengan un perro. Si se quieren acercar más a la naturaleza y huir un poco de nuestra tóxica civilización, tengan un perro. Pero cuídenlo. Daré por hecho que quien está leyendo esto condena cualquier tipo de maltrato animal. Pero también piensen en darle todo lo que a ustedes les gustaría recibir si estuvieran en su pellejo.
Si quieres tener las experiencias mencionadas y otras muchas, ten un perro. Hazlo. Pero hazlo bien. Asegúrate que lo harás con toda garantía. Si no puedes o no quieres tener perro, al menos ámalos. Y si tienes perro pero no puedes hacerlo feliz, haz como la mujer que nos dio a Coco en adopción. Su honesto gesto me cambió la vida. Tener un perro me cambió la vida. Amar a Coco me cambió la vida. Y si tú también amas a un perro -o más-, la tuya también lo hará. ¡Más perros y menos gilipollas!
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Recuerdo que el diseño de mi blog sigue siendo el que es para recordar que las mujeres no tienen un solo día, sino todo el año. Este diseño lo confeccioné el pasado 8 de marzo de 2020, en honor al 8M, y seguirá en la página de manera indefinida para recordarte que hoy, mañana y pasado mañana las mujeres también son importantes. ¡Que no se le olvide a nadie!
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